Los años de peregrinación del chico sin color

 


La ruta que une Tandil con Mar del Plata varía entre la irregularidad de las sierras que custodian ambos lados del trayecto y en este viaje, una llovizna y niebla que acompañaron con persistente actitud el camino de ida y vuelta. Viajo para encontrarme con dos amigos. Amigos en y extrañables. 


Al llegar a la ciudad balnearia quiero, a modo de marinero en reversa, tocar el mar. El mar, como el extremo más oriental de la geografía que habito. El mar que hoy se nota particularmente bravo y ensombrecido. Indescifrable. Mis manos aprovechan una subida mansa sobre la costa y se hunden en la arena, empapándome de aquel océano que ahora contengo entre mis dedos y acto seguido se escurre para regresar tímido a la rompiente. En la arena, alguien escribió con un palo o con su talón posiblemente, Bienvenido invierno 2024. Extrañado, miro alrededor en busca del autor o autores de tal mensaje que no me deja de sonar enigmático. Ni declaraciones de amor juvenil, ni nombres propios o escudos de clubes de fútbol. No, a modo cuasi tribal y ritualista, se saluda a la estación más fría del año. Percibo algo cálido en ese mensaje, una suerte de amabilidad desinteresada con aquellos meses que se presentan usualmente como los más hostiles. Hay lecturas que nos acompañan en determinados momentos y que dialogan de una manera armónica y sorpresiva con nuestro discurrir diario. Hace meses había tomado prestado de la casa de mi madre una novela de Murakami, Los años de peregrinación del niño sin color. Novela que dejé abandonada junto a tantas otras postergando su inicio. Semanas antes de viajar a Mar del Plata comencé a viajar con su protagonista, Tsukuru Tazaki, un ingeniero que diseña estaciones de trenes en Japón, quien emprende la búsqueda de cuatro amigos de sus años de juventud. Amigos con quienes había perdido todo contacto por un confuso episodio del cual el protagonista, Tsukuru Tazaki desconocía absolutamente.


Fui yo quien se mudó de ciudad hace un año y medio ya, por eso para mí el encuentro tiene toda la impronta de un acontecimiento. La conversación fluye, nos ponemos al día, ramificamos la charla sobre otros amigos y así. Tengo un rato más antes de volver y con uno de ellos bajamos a la playa. Me muestra dónde entrar con la tabla para que te agarre el chupón y puedas salir rápidamente al mar abierto. Es un espacio acotado entre la escollera y la costa, para alguien inexperto como yo, imposible de identificar. Pero luego de algunos señalamientos precisos, lo puedo percibir. Veo el chupón. Ahí donde los bañistas le escapan por no querer llevarse un susto que sus brazadas no puedan aguantar, otros le apuntan directo, para ser absorbidos, tragados por el inmenso océano. Nos quedamos en silencio mirando el mar, mientras una fina película de agua comienza a posarse sobre nuestras camperas. El silencio no nos incomoda, por el contrario, parece que cuando llegamos a la playa, el silencio ya estaba ahí y nosotros sólo nos apeamos a su lado.


El camino de vuelta a casa lo transito en silencio, sin escuchar música ni podcasts. En el regreso solo me acompaña el gps de mi celular y una llovizna persistente que me obliga en algunos tramos del recorrido a guarecerme atrás de camiones sin poder sobrepasarlos. La monotonía de la ruta cambia cuando veo en las luces traseras del camión un guiño izquierdo que empieza a parpadear. Comprendo el código y mirando de refilón el camino, bajo una marcha para tener más empuje y me lanzo a pasarlo. Saludo con tres bocinazos cortos, amables, los cuales son respondidos con luces altas y también tres bocinazos de cordial despedida. Si tuviera que escribirlos en un pentagrama serían dos corcheas y una negra con punto.

Si bien la lluvia no amaina y el viaje se presenta incómodo, ese mínimo gesto de cuidado a un otro que se desconoce pero con el que se entabla un diálogo sin palabras, me reconforta y dibuja una tenue sonrisa en mi rostro, ya trajinado por la vuelta. Mientras el sol termina de ocultarse atrás de las sierras pienso que en ese guiño intermitente y gentil está contenida toda la ternura de estas pampas. 


Junio 2024.

Matías Fanucchi


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