El club/Oreste

 Oreste


por Matías Fanucchi




El agua de la pileta parecía susurrarle algo al resto del natatorio. Los chicos se sentaban primero en el borde, colgaban sus piernas y tocaban el agua con la punta de los dedos. Martín miró sobre su hombro y no vio a Fede. Con las manos se impulsó hacia arriba y saltó hacia adelante. Una vez adentro del agua acomodó su gorra de silicona, le quitó el agua al interior de sus antiparras, tomó aire y se sumergió empujándose con la pared. Las primeras brazadas fueron las más pesadas. Cada vez que su boca salía al exterior sobre su hombro izquierdo, inspiraba todo el aire que podía. Una vez la cabeza bajo el agua, iba soltando el aire muy despacio. Mientras nadaba se orientaba con las líneas pintadas en el piso, cuando estas desaparecían significaba que la pileta se acababa y tenía que estar atento a la proximidad con la pared. Una vez que alcanzaba  con sus dedos el extremo de la pileta, era momento de girar sobre sí mismo e impulsandose con la pared, regresar hacia el otro extremo. Le decían la vuelta americana. A Martín no le costaba hacerlo, en cambio, Fede, al empujar con sus pies la pared salía desorientado hacia cualquier lado. Cuando terminó los doce largos, pegó su espalda contra el chorro de agua caliente que climatizaba la pileta. A todos les gustaba descansar allí, pero solo quien llegase primero podía estar el  tiempo que quisiera. Sin embargo ese día, nadie  parecía muy atento al chorro de agua. 

Al terminar la clase Martín miró hacia la puerta, hacia la silla vacía del guardavidas, que como siempre estaba leyendo el diario deportivo en el bar. También miró a través del vidrio a donde daban las canchitas de fútbol. Nada. Ni rastros de su amigo. Dos semanas atrás le había prestado sus figuritas del Huracán del 79, Ardiles, Brindisi, Larrosa,  Houseman, podía recitar la formación desde los delanteros hasta el arquero y viceversa. Las figuritas eran redondas, de cartón plástico. En su interior la imagen del torso y cabeza del jugador con la camiseta titular más el número de su dorsal a un lado. Pensó que era importante recuperar esas figuritas y de camino al vestuario le preguntó al profesor si sabía algo de su amigo. El profesor lo miró, frunció el ceño mientras su malla tipo sleep goteaba en el pasillo y le sugirió que le pregunte al guardavidas, él le dijo, bañero. Que le pregunte al bañero que es quien controla los carnets, yo estoy cubriendo a Silvia, tu profe. ¿Te acordás? Martín no dejaba de mirar el charco de agua que se estaba haciendo en el pasillo. Dio media vuelta y salió disparado hacia el bar. 

Fede, su amigo, tenía siete años. Durante el campamento al que habían ido el último verano, en Bernal, le había confesado que por las noches se hacía pis en la cama. Esto le pasaba hace unos meses. Le daba vergüenza contarlo. Sus papás trabajaban por las noches. Nadie sabía a qué se dedicaban. Pero el último año se habían mudado cuatro veces ya.

En el club no había mucho movimiento últimamente. La cuota, según su papá, se había ido por las nubes, están locos, si por lo menos te dieran la toalla o algo para merendar. Siempre decía lo mismo cuando volvía de pagar el abono. Martín sabía que dentro de poco lo dejarían de mandar al club. Hacía ya dos meses que los patines de su hermana juntaban polvo en el ropero. Se la pasan viajando con las de patín decía su papá, no hay plata, ni para patín, ni para nada. Y ese nada, parecía incluir en un futuro a natación. 

En su casa el clima se había enrarecido. Luego de las vacaciones de invierno, su papá no había vuelto a trabajar. Al volver del colegio, Martín lo encontraba tomando mates mirando el televisor, hablándole al televisor. Un día Martín pensó que el televisor le constestaba. La euforia del último mundial se había disipado tan rápido como los agónicos gritos que aún se oían por las noches en la avenida del Libertador. Su padre, en jogging, lo miró de arriba abajo y  le lanzó ¿y esa escarapela? Martín miró la mano con la que su padre sostenía el control remoto. Ahora vienen pegadas, le contestó. Ajam, contestó su padre y siguió mirando absorto a la pantalla. Piluso y Coquito se pedían a los gritos quinientos mil pesos, ambos simulaban no escuchar al otro. El paso de comedia se repetía, en las tribunas del estudio los niños reían. 

Hacía meses que no había trabajo. Martín había escuchado a su papá decir que habían parado todo. En la fábrica, luego del 75´, cuatro años atrás, los pocos que habían continuado se lo debían al sindicato. Pero en los últimos meses, los escasos afiliados se habían alejado para evitar las persecuciones nocturnas. 

Antes de irse a dormir escuchaba a sus padres hablando bajito en la cocina, su madre siempre parecía más tajante, incluso enojada. Su padre apenas susurraba, como si supiese que alguien daba vueltas por allí. Una vez le oyó decir que si querían comer tenían que viajar para la capital y que los chicos se adaptan a todo. Esos eran los únicos momentos que sus padres compartían juntos. A las once de la noche su mamá se iba a hacer el último turno en una clínica de Caseros. Volvía de madrugada, cuando era hora de levantarse para ir al colegio. Y en ocasiones, volvía con facturas o una cremona. Las preferidas de Martín eran los cañoncitos de dulce de leche y las cara sucias. Las últimas semanas solo había traído pan para acompañar el  tuco. 

Era muy importante recuperar esa figurita. ¿Y si el papá de Fede pensaba lo mismo que el  suyo y no lo mandaba más a natación?  No quiso ni imaginarlo. Pensó en la figurita del diez, Jorge “Lulú” Sanabria. Si parecía ayer que lo había visto hacer ese gol imposible, el del empate, inventado un ángulo que no existía, al Pato Fillol. Había que ser boludo. Qué clase de persona presta algo así sin siquiera tener el teléfono o haber ido a la casa a jugar en alguna ocasión. Los papás de Fede se mudaban mucho, recordó. Cada paso hacia el bar lo hacía con más apuro e incertidumbre, como si en el bar, sentado en una mesa, fuese a estar este chico. Así empezó a referirse a él en su cabeza. Este chico. Pensó que comenzaba a odiarlo. Y lo imaginaba jugando una partida o intercambiándolas. Ganando, por supuesto, y juntando el doble de las figus con las que había empezado la partida. Y todo gracias a la más difícil, la de Jorge “Lulú” Sanabria.  

En el bar, una luz mortecina bañaba todo de un amarillo sucio, que viniendo del pasillo encandilaba. Miró directo a la barra y Luis sacaba la cabeza de adentro  de  la heladera que hacía  las veces de mostrador, donde acababa de guardar unas cajas de mate cocido al lado de  unas galletitas dulces. La heladera mostrador no funcionaba hacía años. El club la había comprado a un gallego que se le había venido el café abajo. Y que según él, a la heladera sólo le faltaba volver a cargarle gas. Con el tiempo el bufet del club empezó a comprar menos mercadería, pasa que los papás no le dan más  plata a los chicos para que se compren algo, justificaban en la comisión directiva. Le explicaron a Luis que iban a posponer el arreglo de la heladera mostrador para más adelante, que por ahora la use de alacena. Si hasta incluso habían guardado talonarios, un equipo de música, una caja con un tejo y delantales. Luis lo miró a Martín y  le pegó el grito, ¡me estás mojando todo el piso nene!, a secarse al vestuario. Martín contempló el suelo siguiendo las gotas de agua que caían copiosamente de su malla azul. En su mano sostenía  la toalla con el escudo de Huracán y rápidamente se la pasó por los brazos y la cabeza. Perdón Luis, ya me voy. Cuando el bañero, sentado en un rincón con un café por la mitad lo miró, Martín ya se estaba acercando a su mesa. Mi nombre es Martín, le dijo. El bañero miró la toalla empapada y le preguntó qué necesitaba. 

Llegó a su casa con el pelo aún húmedo. Su mamá no lo dejaba usar el secador del  vestuario, porque esos miserables nunca arreglan los enchufes y te vas a quedar pegado. Cuando dejó el bolso en el suelo vio a su papá sentado en la cocina, frente al televisor. Lo miró detenidamente y notó que dormía. El control remoto reposaba en su pierna derecha mientras que una mano colgaba de un lado y la otra  sostenía un mate ya cebado y frío. El señor con piluso en la tele se reía. En los rostros de la tribuna, las risas parecían muecas. Recorrió el pasillo hacia el cuarto del fondo, las persianas estaban bajas. Encontró a su mamá. Acostada de lado y dándole la espalda a la puerta de la habitación. Parecía inmóvil. Vestía un jean y una blusa marrón que se había sacado en una kermese. Cuando la examinó con más detenimiento oyó su respiración. Largas inhalaciones, luego, silencio.   

Al entrar a la habitación que compartía con su hermana, se oía música de un minicomponente. Miró por última vez abajo de la cama marinera, atrás del escritorio, arriba de la repisa con su colección de soldaditos de plomo ya despintados. Nada. Se tiró en la cama y con una pierna abrió la ventana para que entre  el aire de la tarde. El viento, liviano y gentil, traía los ruidos del tren y el olor a los jazmines del cielo. Empezaban los primeros días de primavera. 


Epílogo


El Skyvan, o CS7 realiza de forma efectiva despegues y aterrizajes en distancias cortas, lo que en la jerga aeronáutica se llamaba Stol, Short Take-off and Landing.

La mujer está sentada junto a doce pasajeros más. Su puño está cerrado con fuerza. Se siente confundida, intenta hablar. Las palabras no salen de su boca. Se atoran. Se agarran de su garganta. Caen por ella. Se pierden en su panza. Su panza tiene moretones. Hace días no come. Semanas. En la cabina preparan el vuelo. Accionan perillas. Alarmas. Afuera llueve. El agua dibuja figuras iridiscentes en la pista al mezclarse con el aceite de los motores. El olor a combustible recién cargado penetra en su nariz. Vomita sobre sus piernas. 

Carreteo.

La mujer a su lado murmura. Incomprensible. Sus zapatillas se tocan en el suelo. Continúa murmurando. Recuerda. Hace unas horas la inyección. Luego la venda en sus ojos. El peso sobre sus hombros. Sus piernas doblándose. El suelo frío del camión.


Despegue.

El ascenso es limpio, continuo, estable. La lluvia se disipa y huye hacia el este. La cabina es pequeña. Comienzan los gritos. Los que aún dormían despiertan. 

Ascenso.

Su cuerpo se cae sobre el de su compañera. Ya no murmura. Grita. Las palabras comienzan a brotar de su boca en forma de sangre. La misma sangre que baja entre sus piernas y comienza a manchar su pantalón y zapatillas. El ascenso se detiene.

Crucero.

Las cuatro fuerzas, resistencia empuje sustentación y peso encuentran su equilibrio por vez primera desde el inicio del ascenso. Abajo. El Río.

La traba de seguridad de la puerta lateral es desactivada. 

El aire entró y ella lo sintió como una cachetada en su rostro.

Sus manos continúan atadas. Su puño aprieta más fuerte lo que guarda en su interior. La lastiman sus uñas. Dos manos como garras la toman de sus brazos y la ponen de pie. El viento se transforma en fuerza. La fuerza la absorbe hacia el exterior. Ya nada la sostiene.

Sus manos comienzan a abrirse. En su interior se descubre el único pedazo que conservó de su hijo, Fede. Pegada en su palma un plástico redondo, gastado, muestra el rostro de un joven con camiseta blanca. A su lado el número diez y el nombre J. Sanabria.

El Río.






Dedicado a nuestrxs 30.000 detenidxs, desaparecidxs. Presentes. Ahora. Y siempre.








Matías Fanucchi, psicoanalista. Actualmente edita y compila Sinécdoque Revista.

Escrito en 2021


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