Las formas del amor.
Las formas del amor (Breves notas sobre “Una carretilla de música” de Vicente Zito Lema)
(Tropos residuales)
En un rincón, Ella, doblada sobre sí como una muñeca de trapo, reposa la protagonista (Perla Logarzo). Su cuerpo inerme nos da la impresión de deshabitado, derruido, abandonado. Hasta que irrumpe como siempre, la música. Su cuerpo ya no es suyo, su cuerpo es del aire, del viento, de la tierra/tekoha que pisa fuerte, su cuerpo mide mil metros ahora. Su cuerpo suda, aunque una máscara cubra su rostro, sabemos que atrás de la ocultación mora el júbilo.
Grito desgarrador.
Silencio.
Entra el segundo personaje. Él. (Adolfo Somavilla). Cuerpo catatónico y lábil. Que saluda con infantil ternura a su compañera. Y Repite presentación. Y repite. La abraza a la distancia, la cobija con sus palabras. Y nos cuenta una historia, su historia. Él quiere que sepamos qué ha pasado. Cuesta ubicar un comienzo. Narración ya comenzada, elíptica y sedada.
Tiempo atrás, antes de metabolizar fármacos en ese hospital psiquiátrico, se habían conocido. Habían compartido bailes, mates y besos en la calurosa provincia Correntina. Él la cuidada a Ella.
Ella lo conoció a Él cargando en su vientre una hija de otro hombre. Los recuerdos fragmentan su narración: “Yo me quitaba la ropa, me quitaba la ropa…y bailaba en el campo”. Ese embarazo intuimos/construimos, fue producto de una violación. Luego la huida.
Ella, tan danzante escapó de esa ciudad y así lo conoció a Él. Y juntos a esperar la llegada de su niña, hija de Ella inoculada por la violencia, hija a quien Él sentiría como propia y cuidaría. Y así continuaron bailando, sus pies enterrados. Él le traería carretillas de música y así, andaban.
Entrada del tercer personaje, “el Doctor”. ¿Los observa, los ausculta, los interroga? No, los escucha. Y en su escucha, por momentos silente, severa, interrogativa, de preguntas básicas y presencia imperceptible permite a Él narrar sus infortunios. Zurcir el grito desgarrado de Ella y el presente desconcierto de Él. Explicar su actual encierro. Confesar su femicidio. Yo maté. Maté para proteger a mi hija. No me di cuenta y maté. Tomé la azada y a la madre de Ella pegué. Hace siete meses. Y volví a pegar. Hasta sacarme el miedo de encima. Porque ella me estaba haciendo tomar, me estaba haciendo malo. Y la sangre de la madre se escondió dentro de la barrosa tierra/tekoha correntina.
Silencio.
“Necesito un permiso para salir” pide Él. “Para ir a ver a mi niña a Curuzúúúú Cuatiá”. Como una Antígona moderna, su partida supondrá la certeza de la muerte. La familia de la difunta, cocina una venganza. Y aún así: “Necesito un permiso para salir Doctor”, pide Él.
A la muerte se la engaña con música y danza. Y ahora bailan un chamamé.
——
La sala de teatro es pequeña. Apenas unas veinte sillas. Adolfo Somavilla quien interpreta a Él, nos cuenta al finalizar la obra y desmontarse de su personaje, que tener el público tan cerca en una sala chica te intimida, “sentís que no podes defenderte”. Misma indefensión que sus personajes han sufrido tras sus máscaras.
Conviven dos violencias. La de la azada contra el cuerpo de la madre de Ella. Violencia femicida que es un eco, una reverberación de aquella otra violencia primitiva. La violacion y vulneración del cuerpo grácil, tenue de Ella. Vulneración que sólo puede ser expelida por el baile. Y vaya si el baile expulsa ese intruso que la parasitó, que la violentó y abandonó.
Entre esa violencia y la actualidad sólo hay retazos, recortes, recuerdos difusos dichos tras los muros de un hospital psiquiátrico. ”Yo me sacaba la ropa, me sacaba la ropa y bailaba”. Solo Él vino a vestirla nuevamente, cobijarla con sus mates y sus músicas.
Definición de “Forma” (R.A.E.): molde o recipiente en que se vierte algo para que adquiera la forma de su hueco.
Perla y Adolfo nos cuentan del calor, la humedad sofocante de Corrientes. Nos relatan como en el interior del país, se nace, se vive, se habla, se mata, se muere y se ama de otra forma. ¿Cómo podremos escribir una nueva forma de amar? Tal vez, vía la invención de una nueva forma de palabra/danza, que enhebre al cuerpo mudo, arrasado. Darle vueltas al vuelto y revolver. Pasar de muñeca de trapo a cuerpo de alto vuelo. Pasar de lo hueco a la oquedad, que supone ahora sí, un nuevo espacio a habitar.
Amar para poder quitarnos la ropa y dejarnos caer vulnerables. Anne Dufourmantelle nos cuenta (en Elogio del Riesgo), “lentamente balbuceamos, buscamos nuestras palabras, aunque nunca sean primeramente nuestras, siempre son de otros, u otras palabras, habladas por aquellos que nos preceden” (p.128) o por aquello que nos antecedió.
La palabra/danza compartida permitirá despojar al cuerpo de aquel grito desgarrador con el que inicia y concluye la obra. Obra que ahora bien podríamos leer en reversa y que concluiría con Ella descansando, exhausta, en un rincón.
Par palabra/danza, garganta/cuerpo. Funcionarán como en la notación musical se conoce a la ligadura de prolongación (2). Donde sonará como una sola nota, la primera (palabra) y la segunda nota ligada (cuerpo), pero esta última no se toca, no se ejecuta. Solo suena por efecto de la primera. Escritura fantasma de un sonido de “pareja enlazada”.
Modular ese grito primal del cual venimos, traumático, hacia una danza sincopada con el cuerpo que hoy tenemos y así, entrar a existir. “Nuestro cuerpo que piensa, que espera, nuestros cuerpos enloquecidos y llorosos, y también a veces libres de palabras” (A D. p 129). Llenos de música y baile, diremos nosotros. Y sin importar qué pase, nos daremos el permiso de partir a nuestro propio Curuzúúúú Cuatiá.
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“Una carretilla de música” es una obra teatral escrita por Vicente Zito Lema. Interpretada por Perla Logarzo y Adolfo Somavilla. La misma es el resultado de las entrevistas que tuvo Vicente ZL en el hospital psiquiátrico de Corrientes, donde pudo escuchar en la voz de Ella y Él su historia.
Presentada en Tandil en Junio del 2023.
A Ella a Él y a Zito va mi agradecimiento.
(2) Ligadura de prolongación.
https://www.csjn.gov.ar/novedades/detalle/7204
En 2022, la Justicia argentina registró un femicidio cada 35 horas
Las víctimas directas de femicidio fueron 226 (219 mujeres cis y 7 mujeres trans/travestis), arrojando un promedio de 1 víctima directa cada 39 horas, y al menos 26 fueron femicidios vinculados (20 varones cis y 6 mujeres cis), con un promedio de 1 víctima de violencia letal cada 35 horas si se incluyen tanto víctimas directas como de femicidio vinculado.
En casi 4 de cada 10 vínculos había antecedentes de violencia de género: al menos 38 víctimas directas de femicidio habían efectuado denuncias formales contra los sujetos activos (15% de los vínculos) y en al menos 58 vínculos (24%) se relevaron hechos previos de violencia de género que no habían sido denunciados formalmente. Además, se reportó que al menos 14 víctimas directas tenían medidas de protección vigentes y 7 tenían medidas de protección vencidas al momento del hecho.
Fanucchi Matías (Tandil - Junio 2023)

Matías de tu mano se descuelgan las palabras y se hilan con bella poética transmitiendo aquello que en la obra toca en el cuerpo. No pude dejar de emocionarme al verla y me vuelve a pasar al leerte! Gracias por llevarme de nuevo a ese viaje y permitirme ver lo que para mí había quedado oculto, y sacas a la luz en tu trazo.
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