Los gatitos
Los gatitos
No lo toques. Si no se mueve no lo toques. Era la segunda vez en la semana que uno de los gatitos se quedaba duro. Pero duro, como petrificado, arriba del pullover viejo que su mamá había sacado del placard y había colocado cuidadosamente al fondo de una caja de cartón.
Yamil miró a su hermana y con el dedo índice apoyado en sus labios continuó dirigiendo su mirada hacia la puerta de la habitación. Como si estuviese escuchando con sus ojos. Su mamá dormía en el cuarto de al lado. Su hermana atinó a cerrar la puerta pero Yamil movió la cabeza de lado a lado. Los dos estaban apoyados sobre sus rodillas alrededor de la caja de cartón donde dormían los tres gatitos.
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Nacieron cinco, pero uno murió apenas abrió los ojos y al otro lo aplastó Jorge con la bicicleta. Jorge era el vecino del fondo. Todas las mañanas se iba para la quema de ladrillos, andaba unos cuarenta y cinco minutos hasta la rotonda de Canning y de ahí para adentro unas seis cuadras por calle de tierra. Esa mañana, entre la niebla y el apuro que llevaba, no vio cruzarse a uno de los gatitos que había salido por la ventana de la cocina.
Era la primera vez que estaban frente a un gato aplastado. Yamil espiaba de reojo a su hermana. Su hermana, absorta, fijaba la vista en las tripas del gato. Cuando su madre llegó con la pala y una escoba, Jorge ya había largado un par de puteadas al aire y continuaba su camino hacia la colectora. Yamil intentó ayudar pero no sabía cómo. Atinó a traer una bolsa de plástico blanca y abrirla lo más que podía. Así evitaba el contacto con los pelos cuando su madre echase el gatito adentro.
Una vez dentro de la bolsa miró por última vez hacia el interior y ahí estaba, con la lengua afuera y la panza abierta. Los ojos seguían abiertos, húmedos aún. Hizo un nudo, miró a su mamá y ella le dijo -al tacho, mientras pisaba un cigarrillo en el suelo y regresaba a la casa.
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Te dije que no lo toques. Le dijo su hermana, mientras Yamil apretaba con un dedo la panza del gatito inmóvil en la caja. Entonces recordaron la llegada de los gatitos.
Los aullidos que lanzaba la gata se escuchaban desde la vereda y por eso Yamil entró corriendo por el pasillo hacia adentro. Al dirigirse al patio del fondo, Jorge le lanzó al pasar me parece que ese bicho cagó fuego. Cuando llegó al tapial, donde él solía trepar para jugar al poliladron, encontró debajo de la parrilla de cemento a la gata echada sobre un lado. Estaba fatigada. Sus ojos pedían, al fin, algo de ayuda. Cuando Yamil se dio vuelta su mamá ya estaba llegando con unas toallas y una palangana. Llenala con agua tibia de la cocina, dale. Mientras los gatitos iban saliendo de a uno, en el fondo del patio aparecían algunos curiosos de los otros departamentos que volvían de trabajar. Con el último de los gatitos, el quinto, hubo una suerte de alivio. El anterior había sido expulsado y nunca había llegado a abrir los ojos. Su mamá, quien a esta altura estaba recibiendo los rayos del sol en su nuca y parecía estar agotada, acercó el cuerpo inerte del último gatito al hocico de la gata. Ésta lo recorrió con su nariz, inspeccionó y luego buscó reposo en el suelo nuevamente, ignorándolo todo. De a poco, los curiosos volvieron a sus departamentos sin despedirse. El sol no había dado tregua en toda la tarde.
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-¿Y si le decimos a mamá que no se mueve?Cuando su hermana terminó de decir esas palabras Yamil estaba cerrando su campera de un naranja chillón que en su espalda decía 3gReS@dos 1996 - YA1000. -¿A dónde vas nene? Son las tres de la mañana. Yamil parecía no oírla, se puso las zapatillas, las anudó y tomó todas las monedas que tenía en su latita de ahorros. Cuando ella quiso detenerlo, él le susurró al oído ¿Qué es lo que más les gusta a los gatitos?
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Yamil había visto a su papá una sola vez en su vida. Un año atrás alguien hacía palmas en la vereda, en la puerta de su casa. Yamil vio un hombre parado al lado del cantero de su puerta y corrió al fondo del patio a avisarle a su mamá. Mientras ella iba juntando la ropa seca de la soga Yamil le iba describiendo al hombre.
Y tiene bigote, pero también tiene barba, la camisa toda arremangada hasta los hombros, creo que está fumando, tiene un paquete en la otra mano. Un paquete envuelto en papel marrón y anda en zapatillas.
Cuando terminó de decir zapatillas, su madre se detuvo y miró a su hijo, parecía descubrirlo por primera vez. Yamil estaba en patas, vestía un pantaloncito gastado de Sportivo Italiano y andaba en cuero. Buscó con su mirada la marca de nacimiento que tenía en su tetilla izquierda y luego los ojos de Yamil, los ojos oscuros, hundidos y con largas pestañas. Cuando volvió a encontrar los ojos de su hijo, con la mano que no estaba sosteniendo la ropa, se acomodó el pelo detrás de su oreja. Su mano temblaba, Yamil la contemplaba, en silencio. Sin embargo, ella se había ido a un lugar muy lejos de esa terraza. Cuando se oyeron nuevamente las palmas desde la vereda, sus ojos volvieron a posarse en su hijo. Andá a tu cuarto con tu hermana, se quedan ahí.
…...
El interrogatorio de la madre para saber a donde había ido Yamil no cesaba. La hermana no sabía qué más podía decirle a la mamá que ayudase a encontrarlo. Le contó de la campera naranja y con olor a chivo que usaba siempre, de los ahorros, de la mochila del cole que Yamil se había colgado hacia adelante y del gatito adentro. Todo esto se repetía una y otra vez. Y en cada ocasión la madre le gritaba ¡Y se fue con la bicicleta de Don Jorge! De eso no sabía nada su hermana, quien para sus adentros sintió una suerte de alegría y revancha. Ese viejo les había aplastado uno de sus gatitos, que se joda, pensó.
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Cuando Yamil entró a su habitación luego de ver al hombre en la puerta, la encontró a su hermana, la tomó de la mano y subieron a la terraza saltando de a dos escalones. Tirados los dos en el suelo vigilaban la conversación que unos metros más abajo tenían su mamá y el señor en zapatillas. Atento a cada detalle, intentaba leer los labios, iba probando con una oreja y luego con la otra, rezongaba con el viento que le llevaba y le traía las palabras. Su hermana, sin soltarse de su mano, jugaba con las hormigas que paseaban entre las baldosas de la terraza, las aplastaba con un palito, las soplaba fuerte o les tapaba la entrada a algún hormiguero que ella suponía tenía una extensión infinita. Abajo, la charla continuaba mientras una camioneta F100 pasaba llenando de humo toda la calle. Cuando Yamil decidió que era suficiente y que era hora de volver a su cuarto, el hombre de la vereda alzó la vista, mientras señalaba hacia la terraza, como queriendo justificar un argumento con el simple movimiento de sus manos. Entonces las miradas de los dos se encontraron y la expresión del hombre pasó de la incredulidad al sosiego y, finalmente, la quietud. Yamil asintió con la mirada. Ese era su papá.
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No estaba en los fichines, que aún no habían levantado sus persianas. Tampoco en la galería Rodhas, donde Yamil siempre se pegaba a la vidriera del local de ropa deportiva, contemplando los últimos botines que habían exhibido. De pronto su hermana vio, en el reflejo de los vidrios de la tienda, los ojos de su mamá, vacíos, reposando en un manequim desnudo, fatigado, vestido solo con un gorro de natación. Le tiró de la cartera y le dijo ¿Qué es lo que más les gusta a los gatitos, ma? Su madre volteó a verla y con los ojos cargados de lágrimas apretó fuerte la mano de su hermana. Minutos más tarde estaban arriba de un remisse dirigiéndose hacia la 205.
...
Luego de despedir al hombre en zapatillas, su madre dejó la caja envuelta en papel madera sobre la cama de Yamil. Y antes de cerrar la puerta de la habitación, llamó a su hermana para que la acompañe a regar las plantas del fondo.
Yamil sopesó primero la caja sobre sus manos, agitándola despacio y después fuerte. Algo adentro tocó la tapa y volvió a acomodarse sobre el fondo. Abrió el envoltorio despegando prolijamente la cinta de papel. En contra de toda cábala o costumbre, quería conservar ese papel, esa cinta, esa caja. Al destaparla encontró en su interior lo que, en un primer momento, supuso era un mantel azul eléctrico. Cuando fue separando el contenido sobre su cama empezó a sentir cómo su pecho se cerraba sobre sí mismo, se ahuecaba. Frente a él tenía la camiseta y el pantalón de Sportivo Italiano. En el centro, estampado, leía Alitalia, andá a saber qué es eso, pensó para adentro. Recorrió con sus dedos las costuras que unían el escudo al resto de la prenda. Con la yema de sus dedos se detuvo sobre los colores verde, blanco y, finalmente, el rojo. Luego posó su mirada en el pantalón corto. También azul, con tres tiras blancas sobre sus costados. Se lo probó, le quedaba varios centímetros arriba de sus rodillas, así lo usaba su ídolo, el arquero Alejandro Fabio Lanari. Todos los hinchas del Tano recordaban cómo le había atajado a Bottari ese penal que les había dado el ascenso en el 86´. Volvió a mirar la caja y descubrió una nota doblada por la mitad. Apenas unas líneas medio difusas y amontonadas en un rincón. Espero que la disfrutes, ese año se nos dio. En casa tengo un gato, se llama como vos. Yamil. Es negrito, tiene las patas blancas y le encantan las lombrices. Cuando voy a pescar se las traigo para que juegue. Las despanzurra y después de un rato se las come. Yamil dio vuelta la nota, no había fecha, no estaba firmada. Con la misma cinta de papel del envoltorio pegó la hojita en la pared, sobre la cabecera de su cama. Se puso la camiseta y salió a la vereda cuando el sol ya caía en todos los patios del barrio.
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El remisse las había dejado al borde de la ruta. Mientras la madre le pedía al chofer que las espere unos minutos allí, la hermana de Yamil se había largado sola hacia el dique. Le decían dique pero no era más que un arroyo, el arroyo Aguirre. Algunas tardes, vecinos de Tristán Suárez bajaban a tirar una tanza que en su extremo llevaba un anzuelo con alguna miga húmeda de pan ensartada, no sacaban nada.
Cuando su mamá alcanzó a su hermana, que iba unos metros adelante y tomó su mano, miró hacia el suelo y notó que iba en ojotas, jogging y con la campera arriba de una musculosa. Mientras tanto, la hermana de Yamil vestía el conjunto de gimnasia de la escuela, hoy era jueves.
Al dirigirse hacia el arroyo, ambas iban esquivando botellas de cerveza rotas en el pasto. Se alejaron unos cien metros del remisse y la tarde empezaba a tomar un color anaranjado. Por encima de ellas se oían las turbinas de los aviones que ya desfilaban con el tren de aterrizaje abajo. ¿Nos estarán viendo desde allá arriba? ¿Qué pensarán? Se preguntaba la hermana de Yamil. Estaba segura que su mamá se preguntaba lo mismo. Tirada en el suelo, se toparon con la bicicleta de Don Jorge. Las dos se miraron y al levantar la vista hacia el arroyo lo vieron a él.
Hincado sobre sus rodillas, Yamil removía con una mano la tierra al costado del arroyo. Sus uñas negras y su frente transpirada. Dentro de su campera y sostenido por la otra mano, el gatito movía su cola y examinaba en el cielo los aviones que pasaban sobre ellos. En silencio, su mamá y su hermana se sentaron una a cada lado y comenzaron a cavar con las manos en el suelo, mientras ponían, dentro de una botella de plástico, las lombrices que iban encontrando.
En el cielo, los aviones continuaban su lenta marcha hacia el sur.
Matías Fanucchi (2020)
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