Tristes Tópicos [extractos del diario de Raimundo Rosales luego del hallazgo de apachetas o montículos de piedras tras unas cuatro trazas y seis enfustes (9hs y media +/-) de caminata (sin baqueano para ahorrar costas y un almuerzo)]
Mis piernas temblaban, no era cansancio ni falta de aire. Sino más bien lo contrario, la sobreoxigenación continua luego de un ascenso sostenido, prolongado y hartero que habían provocado que estas pampas serranas me brinden más oxigenación del que mis pulmones podían administrar, demorando la expulsión del dióxido de carbono. En una palabra, a cada paso que ascendíamos, mi cuerpo persistía en envenenarse a sí mismo.
Detenerse. Amainar el ritmo. Beber apenas unos sorbos de agua, no queríamos nuevamente, como en aquel descenso tumultuoso de hace unos meses, una sobre ingesta de líquidos, lo que comprometió mis riñones pero también llamó al terror más grande de estos desniveles, los episodios confusionales y convulsiones. O como los guías le dicen susurrando, “le agarró el kuaa porâ”.
Ubicados en -37.3633412,-59.0933263 (coord: WGS84 (World Geodetic System 1984) o 37•21’48’’S - 59•05’36’’N (GMS) los montículos se dejaban ver sin ninguna dificultad a unos 85 pies. Su emplazamiento en el valle entre dos sistemas de sierras fue lo primero que llamó la atención y abrió el debate entre los dos espeleólogos que acompañaban la travesía. Para ser honestos, fue lo segundo que les llamó atención, lo primero fue, por qué siendo espeleólogos y acostumbrados a mantener su labor en cuevas, reductos cubiertos o profundos, fueron convocados para tal empresa. Al aire libre, a 980 pies de altura y por único techo un cielo descubierto como el mismísimo orbe que por las noches los arropaba.
Mis palabras y justificaciones, más próximas al malabar y filibusteria que a la ciencia que me caracterizaban, atinaron a ejecutar, en un minuet a dos tiempos, la necesidad de que dos ilustrados científicos que habían estado inmersos en la oscura gruta del mundo dantesco y subterráneo, serían de valiosa ayuda en nuestra comitiva de observación y registro de lenguajes paleolíticos sobre montañas.
La segunda y aquí el coup de effect, fue que la ausencia de vitamina d y su consiguiente coloración en los torsos y pómulos estaba causando furor en las costas galanas de donde este mendrugo provenía.
Lo cierto, sin embargo, es que el servicio de arrendamiento de dos espeleólogos por jornal ahorra a la comitiva, ergo, a quien escribe, la ponderable suma de 267 escudos y 23 cuñas. Estas últimas nada irrelevantes si sabemos que en un ascenso promedio el recargo de cantimplora en zona de aseo equivale a valor actual 1.5 cuñas. Como cualquier sociedad que se precie, una robusta economía puede bandear resultados o lecturas mediocres. O eso creíamos en un comienzo.
Y así avanzamos, sudados, sobre oxigenados y con los pies empapados producto un entre acto grácil sobre una cascada cubierta de algas resbaladizas, cascada que traía con impaciencia y lentitud agua fresca para todos. Entre acto que contó entre sus protagonistas a una perra mestiza de mediana edad que en ocasiones respondía al nombre de Hortensia, con h. Uno de los espeleólogos y nuestro guía. Dispuestos a ver quien sorteaba la cascada de manera más directa, en el orden inverso en que fueron nombrados, fueron cayendo de trompa a la olla. La Hortensia fue quien visiblemente disfrutó más del entuerto.
Recapitulando, contamos 7 apachetas o montículos de piedras. A vista descubierta y sin instrumentos, las piedras eran autóctonas, ninguna había sido tomada a más de 218 yardas a la redonda. La mayoría cubiertas por musgo o verdín.
Aquí la primera observación de los espeleólogos, a los que si no diferenciábamos era por sus intelecciones cuasi gemelares y sincrónicas: ¿por qué musgo sobre los montículos? cuando la presencia del mismo está limitada a lugares sombríos y húmedos. Cuando aquí rebosábamos de sol, calor y una brisa sureste que anticipaba la partida de la tarde. La respuesta, cómo veremos luego, la dieron nuestras acompañantes de cuatro pata que se pusieron a tomar agua de unas ollas naturales en el centro de la zona referida. Así de caros me habían salido los ahora expatriados de sus grutas, los espeleólogos.
Una segunda pregunta, no ya en torno a morfología sino a emplazamiento. ¿Cuál era el patrón, de estos 6 montículos por un lado, y uno solitario, elevado y distanciado a unas escasas 50 yardas del resto. Lejos estábamos de la numerología y por otro lado, la religión de nuestro guía la prohibía como método de intelección. Por lo cual era una vía que no deseábamos tomar, sobre todo si esa noche queríamos cenar guarecidos y con los pies calientes.
La respuesta sin embargo llegó del ámbito más lejano, el náutico. Cuando nuestro guía se sentó frente a uno de los montículos, con mi especial inquietud por conservar intacto el hallazgo, lanzó en voz alta ¡Inti! ¡inti! Todo el equipo lo escrutó en silencio. Me acerqué a él y temiendo un kuaa porâ sorpresivo empujé con mi borcego aún húmedo una cantimplora de cuero, ya destapada. Silencio. Me miró y repitió “Inti, sol, durante el día podemos ver a ojos desnudos donde corre la cascada y hacia dónde se pierden los acantilados, durante la noche…estos montículos. Brújulas nocturnas”. Continuó, “usted sabe que el paralaje en náutica permite calcular distancias, siempre que los observadores compartan la misma posición al observar un objeto”, yo no tenía idea, pero asentí, no sea cosa de alejar los espíritus sofistas que se habían apoderado de él, y concluyó: “estos montículos son brújulas para los viajeros, extraviados, intrusos, para nosotros tal vez. Con la diferencia que en su creación, han reducido la posibilidad de error, ya que los dos puntos de referencia son aquellas dos montañas del fondo. El ángulo de paralaje entre este punto y las dos montañas, al estar tan distantes y tan obviamente inamovibles, siempre indicará el camino hacia el que corre el arroyo y desemboca”. Lo miré fijo unos segundos y le pregunté si acaso nuestros ancestros más cercanos nos querían ayudar a encontrar la salida de sus tierras por la vía del arroyo.
El guía levantó su vista buscando la mía, pero como el sol lo encandilaba atinó a reposarla en su mate y darle una chupada fuerte, lanzando al aire un susurro, “ayudar no, más bien indicarnos la salida más próxima de sus tierras.”
La vuelta fue fresca y silenciosa. Atrás nuestro, los montículos comenzaban su guardia nocturna.

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