El libar del colibrí
Antonio me cuenta que trabajó muchos años en el campo, luego en las canteras, acá en Tandil y con su bastón empuja la tierra que nos sostiene. Hace un tiempo comenzó a disparar una cámara réflex en el patio de su casa. Le pido si tiene alguna fotografía para mostrarme. Amaga la vergüenza y luego de su bolsillo extrae su celular y con una impericia grácil comienza a deslizar con su índice imágenes bellísimas de pájaros que detienen su aleteo en sus disparos. En su mayoría colibríes de pecheras azules, verdes y rojas. Colibríes que suelen ir a su jardín a comer semillas que él les deja. Me cuenta que son muy territoriales, que entre ellos en ocasiones se disputan los distintos comederos que hay repartidos por el patio. Esto de las fotos es algo que comencé hace poquito, comenta con modestia antes de guardar el aparato en su bolsillo nuevamente. Vuelve a los colibríes y agrega, son los grandes polinizadores de la naturaleza, muchas plantas dependen de ellos para su supervivencia. “Y ellas, ni enteradas”. Nos despedimos y cada cual avanza en direcciones opuestas.
Me gusta escuchar, lo disfruto tanto más que hablar. Antonio desconoce que mi trabajo consiste gran parte en escuchar, puntuar ciertas oraciones, recortar y en ocasiones editar otras junto a los pacientes. Me llevé conmigo esa expresión tan clara de los colibríes polinizadores, esos bichos que mientras liban el néctar de las corolas de las flores, se llevan en sus cabezas, (¿sin saberlo?) polen con el que liban otras para que continúen su reproducción.
Unos días atrás, en una entrevista con el padre de un niño de once años, niño que aún pide dormir con él o con su madre por las noches. El padre me pregunta por una intervención que ya hizo con su hijo. Pregunta por algo que ya fue hecho. Lo cual llama mi atención, ya que incluso al consultarlo, también agrega que pensaba que mi opinión no lo avalaría. Le pregunto qué hizo. Nuestro departamento es un tres ambientes. Habitación de Valen, un pasillo, comedor y nuestra habitación. Me agarré una silla y me senté en el medio del pasillo, él no me veía, pero me escuchaba. “Papi, ¿estás ahí?”. Sí, acá estoy hijo. Así en repetidas ocasiones, durante toda una semana. A la cuarta o quinta noche, estaba en mi cama y seguía contestándole lo mismo. Hasta que una noche, dejó de preguntar y se durmió solo”. El padre de Schrödinger pienso a modo de chiste, en silencio.
Nos despedimos. La diferencia horaria hace sonar dislocadas sus buenas noches por mis buenas tardes. Todas las entrevistas virtuales con este padre fueron arriba de su auto, lo que en un principio me generaba cierta molestia, se transformó luego en una suerte de espacio que yo sentía incluso más íntimo que el de mi consultorio presencial, adjetivo con el cual también me molesta nombrarlo. Cuántas veces hemos vislumbrado en un auto, con sus ventanillas cerradas, a dos personas conversando. E incluso sin tener una mínima pista de lo que allí se intercambia, saber, con certeza, que ahí solo se puede estar hablando de amor y sus derivas.
Nuevamente en El camino, Antonio no demora en contarme algunas menudencias familares, en mi casa tenía un libro de medicina española muy valioso con muchas recetas de bálsamos para preparar de forma casera, mis hijos ni sabían lo que era y lo tiraron.
Vuelve a mí la imagen del colibrí, quien sin saberlo, perpetúa en su libar y de forma cuasi accidental, especies de flores que de él dependen para su existencia. Si la pregunta por la maternidad, en ocasiones, es allanada por el corte en el plano nadir del cuerpo y la expulsión de una materia entraña. Persiste, insiste la otra pregunta, inextinguible, ¿dónde es un padre? Acaso en aquella transmisión de una receta casera que pasó de uno a otro, en el efecto polinizador, creador y atopico del colibrí. O tal vez sentado en el pasillo de una casa, trocando su presencia por su voz. O ¿por qué no? en aquellos objetos valiosos donados que un hijo no supo guardar y desechó.
Mientras António se aleja despacio para internarse en el monte con el que culmina El camino. Yo regreso a casa, seguro de que tendré que subirme muchas veces más a ese auto para acompañar a ensayar una respuesta accidental.
Tandil - Junio 2024.
Matías Fanucchi
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