La playita

Por Matías Fanucchi

I


-¿Rubén come bondiola no?

La pregunta surgió de la puerta que se abrió a su derecha, Elcira esperaba la respuesta con el teléfono apoyado en sus pechos y con cierto aire ansioso como si del otro lado aguardase una figura célebre a quien le interesase saber las menudencias gástricas de Rubén.

José la miró absorto, un tanto incómodo por la irrupción en su habitación y por la estupidez que implicaba contestar aquello.

-Sí, contestó, supongo, yo que sé. Dijo José.

Elcira suspiró como si por dentro hubiese intuido el desenlace de la conversación y con una mano aún en el picaporte y la otra con el teléfono apoyado aún en su escote, cerró la puerta. Al girar retomaba la conversación con la rotisería de la cual José oyó algunos fragmentos que se iban disipando a lo largo del pasillo que la devolvía a la sala de estar.

–Entonces…un sanguche de bondiola y 750gr de vacío…cocido…sin criolla…nada más…no…nada…con 200…¿en cuánto?... Buenas noches. –

No solía decir gracias, o si lo decía era para sellar, al final de su declaración, un hálito de disconformidad por el mal servicio que a sus ojos había recibido.

Nuevamente en el silencio de su estudio José miró su cuaderno de notas y pensó para sí que aquello de los nuevos libros de actas iba a ser un gran despiole, bastante le había costado acostumbrarse a los ficheros con dos  entradas e importes brutos sobre el margen derecho y ahora esto, lo último en organización administrativa ferroviaria, un libro de actas en el que se asienta no solo lo que se compra sino lo que se deja de comprar, que por razones que a José no le competen y providencia del gremio, él deberá exponer una vez por semana en asamblea.

-En asamblea- dijo en voz alta y miró nuevamente su cuaderno de notas recordando cuando, en ocasión de vacaciones, pasó aquellos días en Córdoba. Aquel verano había pasado extrañamente lento sobre todo teniendo en cuenta que se habían ido con Elcira y un matrimonio amigo a Embalse Río Tercero, en la provincia de Córdoba. Vacaciones en las que contaron con seis días de sol y tan solo tres de lluvias que solían amainar cerca del mediodía. Cuando llegaban a la playita como les gustaba decirle tiraban por horas la caña con más esperanza que convicción, a sabiendas que, como decía Laurencio, su compañero de cuarto en el secundario - Hasta esos bichos duermen la siesta, por eso hay que venir tempranito o cuando se van de jarana, tipo siete de la tarde.

José no podía creer, a sus diecisiete años, que una frase de ese estilo salga de la boca de un muchacho como Laurencio, a quien no solo lo imaginaba como un hijo de estanciero con media Pampa bajo el sobaco sino también como alguien a quien no le interesaba en absoluto la estacionaria misa de sentarse a esperar que pique una tararira usando cuchara con pescadito de goma y equipo liviano, toda una hazaña. Años más tarde Laurencio, como tantos jóvenes de su edad, comenzaría sus estudios de derecho en la Universidad de La Plata, no sin antes haberse hecho de una hermosa novia porteña, Ana, a la que embarazó y en los repentinos seis meses de gestación de Rodrigo, futuro nombre de la criatura, una taquicardia paroxística sub-ventricular dejó a Laurencio acostado en su cama hasta las tres de la tarde, hora en que Manuel, con quien compartían departamento, no alquiler, ya que este último corría por parte de Laurencio, llegó y mientras observaba en la heladera qué había para picar, al no oír contestación alguna de Laurencio se acercó despacio, temiendo una broma del dormido y le susurró al oído.

-Dale pelotudo, que yo no soy Anita, no te vas a ligar una chupada de arriba, levantate ¿querés?

Cuando se hicieron las pericias médicas y a partir de estimaciones nada fiables del Dr. De Poche, se concluyó que al llegar Manuel, Laurencio acaba de perder la conciencia pero no dejó de respirar sino minutos antes de la llegada de la ambulancia. Estimación que aún hoy, veintisiete años más tarde resuena en la cabeza de Manuel recordando que lo último que oyó Laurencio fue un dale pelotudo y otras groserías de su compañero de cuarto.

Aquel mediodía que fueron a pescar a la playita el clima estaba agradable, unos veintiséis grados con una leve brisa que les peinaba a José su jopo a contrapelo, lo que hacía que continuamente se lo tenga que acomodar con la palma de su mano y a Alfredo su calva, la cual era la devoción de su mujer, algo que le llamaba particularmente la atención a José, quien cuidaba de su cabello como pocos a su edad y de quien se había rumoreado que por tales cuidados merecía más sospecha que halago. 

-Están durmiendo los hijos de puta.- lanzó Alfredo, -tenía razón tu compañero, ese gringuito con aires de porteño que me contaste lo tumbó el bobo.

Aquellas palabras con una extrema falta de delicadeza provocaron en José una mirada de reojo y un movimiento de cabeza que no permitía intuir su respuesta. Esas gestualidades que nos hacen humanos pensó para sí, y al instante consideró que se estaba poniendo viejo y que le parecía una completa idiotez esperar que algo pique en esa laguna de mierda donde nadie iba a tirar la caña hace años o más bien, iban a tirar muchas cosas, como bolsa de residuos, zapatillas de goma, escobas y hasta un zapato tipo mocasín con hebilla vincha, clásico. Pero no dijo nada, Alfredo se encargó de continuar su monólogo luego de la sentencia sobre el compañero de José que había largado hace unos segundos.

-La situación con los muchachos está jodida, hace falta alguien que hable…o más bien- recogió un poco la tanza enrollando el riel de su caña hacia arriba como dándole cuerda a un reloj- alguien que sepa hablar. Y ese sos vos.

-Los muchachos como vos les decís ya tomaron una decisión, no creo que nos quede mucho tiempo ahí, aceptalo Torno, no somos hijos de ferroviarios, estamos ahí de pedo, somos los primeros que volamos sentenció José mientras buscaba en una bolsa de plástico un poco de agua. La brisa había pasado hace rato y se empezaba a sentir el calor del mediodía.

Cuando el Torno reparó en lo que buscaba José, mirando el horizonte como si fuese a pronunciar una extraña profecía le dijo, -en el doce dejé la botella de agua para que no se caliente.Pese a la actitud de bonhomía de Alfredo, José se levantó de la sillita plegable que hacía dos horas lo sostenía para ir a confirmar lo que en su cabeza conocía de sobra, que el agua debía estar tan caliente como para tomar mates, sobre todo si la dejó en el suelo del auto. Tras subir una pequeña loma de tierra y ubicar el color celeste que brillaba por el reflejo de la luz en el parasol que tenía en la luneta caminó unos diez metros esquivando algunas mierdas de perro de las que no encontró dueño alguno y hasta le divirtió la idea de que todos esos soretes los traían de la capital a ese balneario perdido y olvidado en el que en una época supo haber una feria itinerante de habilidades del tipo circenses. Habilidades que, cabe aclarar, debían ser atribuidas a quien las observaba porque los artistas disponían de muy pocos trucos y en muchos casos fallaban en el primer intento. 

No entendió nunca José porque repetían una y otra vez el truco cuando a la vista de todos, aquello era un claro desastre del cual no se podía salir airoso aún realizando la prueba correctamente. Lo que llamaba poderosamente su atención es que su idea era totalmente errónea, no sólo la realización fiel del truco provocaba aplausos en la afición sino que por arte de magia se olvidaban por completo los anteriores furcios.

Una vez en frente a la ventanilla del vehículo contempló su reflejo en los vidrios de la puerta trasera, para más luego mirar en el suelo del auto una botella de plástico con agua. Apenas una mueca salió de sus labios, cuando se dio vuelta para volver a donde estaba Alfredo, sin la botella y con la excusa de que al orinar se le fueron las ganas de tomar agua, excusa que no tenía ningún asidero empírico ni orgánico pero le pareció suficiente para no dar más explicaciones y volver a su silla plegable.

Mientras regresaba a la playita acomodó nuevamente su jopo y pensó que tenía ganas de verla a Elcira, aunque el pensamiento siguiente corrigió al anterior, no eran solo ganas de verla, tenía ganas de sentirla, en resumidas cuentas se la quería coger como dios manda y sintió un leve cosquilleo en su bajo vientre. Procuró acomodar su sexo antes de llegar a la visión de Alfredo, el cual no haría comentario alguno pero no dejaría de pensar en qué mambos andaría este, que vuelve así, con rigor mortis entre las patas. Una vez en la playita y habiendo disimulado la expresión carnal de sus pensamientos Alfredo lo miró de arriba abajo y con aire inquisidor le dijo.

-¿y el agua señor? ¿No me digas que fuiste a cambiar el agua de las aceitunas y te olvidaste?

No fue la expresión trillada ni el tono lo que lo sorprendió, sino más bien el haber oído su tonta excusa en boca de su convencido amigo, quien esperaba una respuesta más elaborada y menos infantil que la que había pensado antes de imaginarse sobre el cuerpo de Elcira, besando su pubis, rodeando su espalda con sus brazos, conteniendo su respiración para no largar en pocos minutos toda su voluntad en forma de líquido, comenzando de a poco a encontrar un ritmo entre su cuerpo y el de ella en el que parecían, para un observador poco experimentado, funcionar a la par y en el que empezaban de a poco a oírse los suspiros de Elcira por sobre la tosca respiración de José. Para concluir con un estremecimiento completo de su sexo y de su piel que parecía despegarse de las sábanas para pasar a ser sólo cuerpo que cuelga de una percha imaginaria en la que se mantienen erguidos ambos amantes. Amantes que de a poco y con algo de vergüenza comenzarán a desacoplarse para pasar, nuevamente, a esa mundana cotidianeidad donde lo corpóreo pasa a un plano lúgubre y atontado. 

Alfredo esperaba una respuesta que José empezaba a dar cuando la tanza de Alfredo se movió, no una sino tres veces, y con la ventaja de haber empatillado dos anzuelos a la misma línea la posibilidad de comer aquella noche algún bicho de mar resurgió.

-Dale, Torno, tirá que es la tuya. Dijo José

Y el Torno tiró, y de a poco empezó a enrollar el riel, y de nuevo tironcitos, cuando luego de unos segundos que en esos momentos se pegotean para pasar a configurar lo que se conoce como el instante deletéreo del pez, la línea abandonó el estado de tensión, como si ahora cargase con una plumilla o un simple señuelo de plástico. Aquel transe pasajero por el que pasaron los dejó pensativos a los dos, como si algo o alguien con una fuerte voluntad desde algún lugar no muy lejano a la playita hubiese boicoteado ese mínimo momento de recreación y por sobre todas las cosas esa proeza. Gesta que los alejaría de ir a cenar a los restoranes de la intersección entre Av. San Martín y España, prócer y país, destinados a la cartografía citadina y las plazas de barrios.

- La puta, se arrepintió el bicho. Dijo Alfredo

- Si, me parece que lo encandiló tu pelada y por eso largó el anzuelo. Le contestó José. Y para retomar una charla que aún no había comenzado preguntó mirando la laguna con tono socarrón – ¿qué andarán haciendo las chicas?

Frase que una vez terminó de oír Alfredo lo alteró bien en su interior, allí donde él apenas se da cuenta y siente tan solo como una molestia, o nudo en su estómago. Nota que una idea andaba en su cabeza hace un tiempo, la idea de largar el trabajo en los depósitos de trenes y volverse para Ushuaia, donde Silvia, su mujer, quien en este momento estaba paseando con Elcira por España y Las Heras hacia la Avenida Independencia en el centro de Río Tercero, no lo acompañaría por razones que nunca pudo ni quiso aclarar. Entonces así como al pasar y para no levantar sospecha alguna en su compañero de pesca, Alfredo solo atisbó a reproducir un suspiro e indicar apuntando con su mentón hacia el norte que se venía una llovizna, que lo que no se pescó los esperaría mañana en el mismo lugar y todas esas frases que merodean en torno a un mismo deseo, querer irse de allí.

José tomó la bolsa de plástico en una mano, la silla plegable en la otra, lo miró a Alfredo con aire conspicuo y le dijo. –Usted sí que es un desperdicio para el servicio meteorológico. Y enfilaron para el doce con las cuatro manos llenas de paquetes, cañas y bolsas de residuos.


II


En un bar del centro de la ciudad Alfredo observa tomando la segunda medida de whisky como las personas caminan con apuro bajo la lluvia, los choques con los paraguas en las veredas angostas, los salpicones de agua que provocan los colectivos al pasar pegados a la calzada y la velocidad con que el agua es absorbida por los sumideros de la ciudad quienes, piensa Alfredo, parecen ser la entrada a otra metrópoli en la que sus habitantes conviven a diario con los desperdicios de los vecinos de allí arriba. Quienes pueden recibir algo de limpieza cuando esas escotillas por las que se filtra la luz a diario escupen agua durante largas horas y festejan por el refresco tan esperado. 

Alfredo hace una mueca, una media sonrisa por aquellas ideas que le vienen a la cabeza. Y al pensar en la lluvia se ve parado al lado de José, en la playita, como les gustaba decirle. En realidad a José le gustaba decirle de esa manera y él se había hecho a la costumbre. Ese mediodía no habían charlado mucho sino hasta llegar en el 12 celeste, el Renault, al estacionamiento del Embalse Río Tercero, en Córdoba, donde habían ido acompañados de Silvia, su mujer y Elcira, mujer de José, quien cada día estaba más linda con esos soleritos como ellas solían llamarlos. Sus muslos que le recordaban una muchacha del secundario con quien supo ir al cine y un día de suerte pudo entrar a su casa porque sus padres habían ido al carnaval de Entre Ríos, razón por la cual lo dejó pasar del umbral de la puerta de su domicilio y tomar un café, epopeya hasta esa altura que terminó en apenas unos besos en el sillón y un –Me voy temprano porque mañana vamos al chateau, apocope de Chateau Carreras, nombre del estadio donde se jugaría el clásico Belgrano - Talleres. Equipo este último de quien era fanático el Torno, decisión que días más tarde lamentaría ya que al finalizar el verano la muchacha de los bellos muslos partiría a la ciudad de La Plata donde había hecho migas con un gringito que allí vivía y que su apellido era sinónimo de patricio y terrateniente. De todas maneras Elcira cada día estaba más linda y entraba más en confianza con él, razón que lejos de tranquilizarlo lo ponía más nervioso y todas sus charlas terminaban orbitando en el clima o en la situación sindical que atravesaba el trabajo de José y el suyo.

Al estacionar el auto, o mejor dicho al dejar el auto en la empalizada de acceso al balneario ya que no hubo mucho que estacionar entre toda esa nada que los rodeaba, Alfredo notó que José miraba hacia adelante sin focalizar en ningún punto en particular, lo que le llamó mucho la atención y como intentando rescatarlo de ese trance lanzó un –estás pensando cómo van a salir a jugar los once de Menotti, mirá que el viejo es bastante maricón, seguro lo pone a Bertoni antes que a Kempes. José lo miró un instante y contestó: – Mientras no ataje La Volpe. Y los dos se rieron, un poco espontáneamente y otro poco fingido, a sabiendas de que ninguno de los dos pretendía del otro un análisis pormenorizado de la formación del equipo nacional, pero tampoco soportaban ese silencio incómodo que cada tanto los visitaba.

Una vez en la orilla, Alfredo se encargó de empatillar con doble anzuelo una de sus líneas de equipo liviano, lo cual hasta para la vista del más inexperto pescador era como ir a cazar y ponerle balas de revolvera un rifle Remington calibre 30.

Alfredo lo miró a José y pensó que los años le estaban entrando por la frente, como suelen entrar un poco lentos y un poco de sopetón, a su compañero. El ceño fruncido de José y las nóveles arrugas en su cabeza apuntaban ahora a la arena, buscando un lugar estable donde clavar su silla plegable. Cuando lo miró de reojo a Alfredo lo notó alegre, como un perro que vuelve de alguna travesura.

-¿Y, arquitecto, aquí le parece bien? Dijo Alfredo con tono burlón.

José lo miró y sin abrir la boca exhaló por la nariz con cierta fatiga apresurada, apresurada por volver al doce y encarar para Buenos Aires. O por lo menos eso era lo que sentía hasta que Alfredo lo codeó y le dijo

-¿Estarán ahí los bichos?

La humanización de los peces por parte de Alfredo le causó gracia.

Una vez sentados Alfredo largó una mirada panorámica sobre toda la laguna y pensó por un momento en el viaje, en su viaje. Hacía unos años que quería abandonar la ciudad, Buenos Aires se estaba volviendo una oscura urbe de vecinos solitarios. En su departamento de Billinghurst ya pocos saludaban, “los hijos del maíz” como a él le gustaba llamarlos no solo escondían su tonada en la metrópoli, sino que se enajenaban de sus coetáneos. La única esperanza que mantenía Alfredo en su micro vecindad era Mónica, o “la del tercero” como le decía Silvia, su mujer. Mónica era lo que para Alfredo se conocía como una dama de compañía, la cual ostentaba tan altas piernas como honorarios. Compartía con ella viajes en ascensor, de planta baja al tercero, él seguía hasta el octavo. Claro que Mónica no tardó en ascender, no solo social sino mobiliariamente. Dicen que se había casado con un secretario de hacienda a quien le prometió no trabajar más. Promesa que se rumorea jamás cumplió y como agravante tampoco cobró por sus favores, lo que caratularía como trabajar de oficio.

-¿Y Torno, pica o jugamos a las escondidas toda la tarde? Preguntó José quien ahora cebaba.

-Pica para todos los compas. Contestó Alfredo quien lo miraba de reojo mientras se rascaba su rodilla derecha con la mano libre. Los dos rieron genuinamente, recordando cuando en ocasión del campamento de invierno en Liniers, aquellos pagos tan cercanos a la capital que hasta podía olerse, si uno se esforzaba, el caucho quemado de las pastillas de freno del subte. Ese gusano pudoroso que se paseaba por las arterias de la ciudad. Campamento en el que José besó por vez primera los labios de Ludmila, jovencita de su edad, mientras jugaban a las escondidas. Nunca supieron bien qué fue de ella, o si alguno supo se encargó de que el otro no se enterase.

Cuando José, envuelto en el silencio de su estudio volvió a mirar su libro de notas sintió que la luz en la habitación se hacía más densa y antes que Elcira golpee dos veces la puerta para llamarlo a cenar, pensó: hasta esos bichos duermen la siesta.








Fanucchi Matías, Buenos Aires, Noviembre 2012.

Corregido: Dic 2024


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