ᛋᛅᛘᛅᚾ Panchito


-¿Cavando una tumba?

La pregunta viene de mis espaldas, y cuando levanto la vista una Border cachorra, pero que ha a llegado a su talla adulta husmea el pozo que mi pala insiste en agrandar. Agujero que no la va a tragar a ella, sino a quien, desde el otro extremo de la vida, aún respira, lento, en casa, acompañado por sus hermanas perrunas. Lupe y Mora.

-Sí. Contesto y saludo como quien desea seguir en lo suyo. Y ahí sigue nomás una conversación que me relata la cantidad de perros que ha enterrado él, que siempre fueron las lágrimas en sus mejillas las que lo delataron al momento final. Mi pala, que no dejó de clavarse en la tierra negra, autómata, choca contra una raíz. Y vuelvo a clavarla, una y mil veces más. Este espacio que estoy preparando solo para él no puede tener raíces que molesten su descanso. Quiero que esté cómodo. Cada tanto toco la tierra con mis manos, ahí donde en un rato va a descansar, la tierra es suave, como su pechera. Parece hecha de algodón. El pozo se agranda y la raíz, si bien no vencida, logré le haga lugar y ceda su presencia. La tierra sabe y acompaña. Su cucha es mansa bajo un árbol de eucaliptos. Lo acompañan más de quince de la misma especie. A unos metros de ahí se descompone a cielo abierto el compost que con él fuimos haciendo crecer en todos sus paseos.  

Vuelvo a casa. Nunca había cavado un pozo tan grande y profundo. Estoy cansado, mi cuerpo transpira con olor, hace tiempo no sentía mis manos latir de esa manera. La marca del mango de la pala se dibuja en el nacimiento de mis dedos. Me siento al lado tuyo. Espero que venga la veterinaria. Me mirás y volves a mover la cola, un poco de pollito. Mientras te mojo la boca y la cabecita te susurro que es hora de dormir. Que ya viajaste mucho. Qué lejos nos quedó el 2013 cuando llegaste. Alguien te bajó de una camioneta en Av San Martín y ahí te dejó. A los pocos días me comprometí a cuidarte, “en tránsito”, unos días hasta encontrarte una familia. Los días fueron semanas, las semanas empujaron a las estaciones y las estaciones los años. Llegaste y acompañaste a Cosmo tantos años. Hasta su partida. Y ahí, queriendo yo corregir una suerte de mudanza forzada, te traje de nuevo conmigo. Tandil te sentó bien. Hicimos largos paseos, viste la caída del sol en la cascada. Corriste caballos en el Camino. Conociste a amigos nuevos. Antonio, Canela, Gladys, Lito. Le enseñaste a nuestra hija como acompañar tu marcha, que será la marcha de todos los que vengan luego. Estas últimas semanas semanas todos preguntan por vos. Porque la mayoría conocía tu paso lento. Tu paso frágil. Tu mirada amorosa. 

Hace unos días te frenaste al llegar al Camino y no avanzaste más. Te insistí, seguí caminando adelante, esta vez muy adelante, como si estuviese forzando tu marcha. Apenas miraba sobre mi hombro esa figura que devenía un punto. Como si yo no quisiese darme cuenta. Te esperé mucho más tiempo que antes y ahí a lo lejos te vi aparecer. Con todo tu cansancio y tus años. Esa tarde volvimos a casa y descansaste. 

Estás acostado, mi mano en tu cabecita y mis dedos cerca de tu nariz. Quiero que me huelas hasta dormirte. Me mirás y pareces entenderlo. Mientras tu respiración se va meciendo y reposando, a mis espaldas Lupe y Mora nos miran. Intuyen. Cuando empiezan a pasarte anestesia te tomo de una patita y te peino la cabecita. Tus pelos quedan en mis manos. 

Te vas en silencio, apenas una mirada que augura un sueño largo y gentil. Mientras preparaba tu despedida hice sonar música de Olafur Árnalds. Nuestra música mientras salíamos de paseo. Supuse te iba a gustar. 

Y cuando toda tu vida parece comenzar a atomizarse, a hacerse un bollito, cuando todo lo que deseamos ignorar nos pega en la cara, cuando por fin me doy cuenta que eras feliz con muy poquito,  cuando la contracción sobre vos mismo no puede ser mayor porque ya apenas estás ahí, cuando empiezo a ver otro hocico y otros ojos que desconocía. Justo en ese momento, donde vos ya empezas a no estar, empieza a sonar “Saman”. Tantas veces la escuchamos, tantos paseos, y solo hoy. Ahora. Mientras escribo estas palabras se me ocurre buscar qué quería decir esa expresión islandesa. 


Tu cucha de tierra te recibe cálidamente, me reconforta ver que entras cómodo. Que tu cuerpo es liviano, que tu pelo aún suave lo mueve el viento. La tierra con la que ahora vas a jugar y abajo del eucalipto que tantas veces nos vio llegar y cobijó de las lluvias. Miro a mi alrededor y me doy cuenta que olvidé poner a tu lado tu correa y pretal como había pensado. Pienso que mejor así. Me alegro. Me alejo unos pasos de vos. Apunto al este, donde el sol amanece. Primero lanzo lejos tu correa. Luego, es el turno de tu pretal. Caen en la espesura del campo. Tu correa se pierde para siempre de vos. Ahí van a quedar. 

No sufriste. Tu partida fue tenue, ligera, amorosa y en compañía. 

Sobre el árbol que te da reparo y sombra, clavo tu chapita en una de sus vetas. De lejos puede leerse un número de celular, el mío y tu nombre. Panchito.

Ahora sentado en casa, te susurro al oído, “ey Panchis, descubrí lo que significa Saman. Juntos, significa juntos”. 





A Panchito.

11 de enero del 2025. 

Tandil.

Por Matías Fanucchi


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